26/11/08

Lo que hace tan sólo una hora era un espacio yermo y vacío es ahora un mercado concurrido. Los tenderos venden té de colores, los fruteros olores de mermelada y en un pequeño rincón, se empujan los visitantes para comprar pañuelos de seda venidos de la lejana China. Hay tabaco turco, menta hindú y rosas del desierto pulidas por el viento. Los niños pían con unos pollitos de colores, mientras sus madres buscan la pareja de su zapatilla en un montón de alpargatas desparejadas.

Un francés con bigote vende aceitunas gigantes y melones diminutos, cajas de música con bailarinas y hasta una pequeña pluma de pato que según jura a pies juntillas, perteneció a la auténtica y genuina almohada de Napoleón.
La leve brisa que sopla en la plaza se escurre por los puestos como una pastilla de jabón mojada, agita los abanicos de un pequeño tenderete de gitanos y se mete por las camisetas colgadas hinchándolas como un globo. Una señora con bolso marron y recién venida de la peluquería protesta airadamente por el precio de los guisantes; su marido, se mira en un espejo mientras se frota su calva.
Y las risas, lamentos y carcajadas se oyen a kilómetros a la redonda, y el olor del orégano y la nuez moscada se percibe tenuemente incluso en paises lejanos, atravesando mares, montañas y autopistas de peaje.





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