6/12/08

He pensado en tirar una botella al mar. No es tan guay como te lo venden en las películas. Lo intento en una playa cercana mientras paseo al perro. La lanzo lo más lejos que puedo. El perro, por esa cualidad intrínseca que tienen estos animales de ir corriendo a por palos, piedras, botellas y prótesis de piernas, sale disparado a por ella. Nada y la trae. Le sonrío; no quiero que se dé cuenta de mi enfado, al fin y al cabo él está haciendo su trabajo, además es muy sensible. Primer intento.

Antes del segundo intento me siento en la arena a fumar un cigarro. Siempre fumo entre pausas, siempre y esté dónde esté, con ropa o sin ella. Acabo el cigarro y lo entierro en la arena. Nunca fuí muy consciente de lo del cambio climático. Seguidamente amarro el perro con la correa para que no persiga la botella. Me mira con cara meláncolica, el perro, no la botella. Le sonrío; no quiero que se dé cuenta de que me molesta que vaya a por la botella, es muy sensible. Con una mano sujeto al perro y con otra lanzo la botella. Mi coordinación, digna de un enfermo de Parkinson, lanza la botella a dos metros de mí. Con exhautivos cálculos y sabiendo que el mar se encuentra a tres metros de mi persona, llego a la conclusión de que la botella está exactamente a un metro del mar. Puedo esperar a que suba la marea, pero no lo veo oportuno. Segundo intento.


Suelto al perro y me siento en la arena a fumar un cigarro. Siempre fumo en las pausas tenga o no tenga tabaco, pero eso ya lo sabeís. Acabo el cigarro y lo entierro en la arena. Los cangrejos no tienen pulmones. Llamo al perro y lo amarro a una papelera. Mi coordinación ahora es la óptima. Lanzo la botella todo lo lejos que puedo, incluso más que la primera vez. El perro ladra amarrado. Le sonrío; no quiero que piense que no quiero que vaya a por la botella, es muy sensible. Misión cumplida, la botella se encuentra en el mar. Suelto al perro. Se queda mirando hacia el mar buscando la botella. No la puede ver porque es muy pequeño. Yo si la veo. Parece que se acerca poco a poco, la botella, no el perro. Efectivamente. Se acerca. Se acerca mucho. Debería ir a Inglaterra o Francia. Pero vuelve. Tercer intento.

Me siento en la arena a fumar un cigarro. Siempre fumo en las pausas. Lanzar botellas me va a matar. Miro fijamente la botella que se acerca, ya casi está en la orilla. El perro ya la ha visto y corre hacia ella. Me la trae. Le sonrío; no se por qué. Acabo el cigarro y lo entierro en la arena. Al enterrarlo desentierro las dos colillas que había fumado antes. Empiezo a pensar que ya hay mas colillas que arena. Cojo la botella. Llamo al perro. Cambio de plan.

Me dirijo a un acantilado cercano, a cien metros de la playa. Cien metros es cercano. Ciento cincuenta no. Cuando camino me doy cuenta de que hay más de cien metros. Me dirijo a un acantilado lejano de la playa, a ciento cincuenta metros. Cojo la botella. Miro al perro. Le sonrío; espero que no se lance a por ella. Un perro muerto no llegaría a Francia. Un perro en una botella quizás. Un perro muerto en una botella quizás tambien. Una botella dentro de un perro muerto no. No sé si captaís la idea. Lanzo la botella lo más lejos que puedo. A ciento cincuenta metros o más. Ciento cincuenta metros es lejos. Cien no. La botella se rompe contra unas rocas. El perro ladra. Yo también. Le sonrío. Él a mi también. Último intento.

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