12/12/08

Por alguna desafortunada razón y quizás por la extravagancia de sus galvanizados, las llantas de aquel lujoso deportivo me hacían recordar los pechos de mi casera. Una comparación poco frecuente, asociar unas llantas a unos pechos de mujer, pero mi subsconsciente es poco frecuente, al menos en Barcelona y en esta época del año. Mi casera de aquella época no era una mujer atractiva, de hecho durante parte de mi estancia en su apartamento tuve serias dudas de si era verdaderamente una mujer. Le regalé unos calzoncillos en Navidad para disipar mis tortuosas dudas de género. Su femininidad debía haber sido cuestionada alguna que otra vez, porque después de entregarle mi sentido regalo, nuestra relación nunca volvió a ser la misma y se tornó un tanto violenta. Después de esa Navidad sólo se dirigía a mi con monosílabos hostiles del tipo "hijo de puta", "bastardo", e "imbécil". Unos monosílabos un tanto largos, pero ella nunca fue de pocas palabras.

Pechos de caseras y calzoncillos aparte, el lujoso automóvil aparcaba junto al hotel de Linda, y era recibido por el típico aparcacoches negro, de traje negro, zapatos negros y dientes negros. El mozo abrió la puerta trasera del coche y sonrió a sus ocupantes que aún se encontraban en los asientos posteriores. A la vez que sonreía pude comprobar que sus dientes no eran negros.

Me encontraba batante frustrado. Había seguido a aquel coche durante cuatro horas sin razón aparente, y sólo guiado por las indicaciones de Pere, un yonki del extrarradio. Un yonki honrado y de confianza me decía Linda, pero en resumidas cuentas un puto yonki. No es que odie a los yonkis o les guarde rencor, no se confunda el lector, simplemente prefiero los yonkis muertos a los vivos, son más higiénicos y hablan menos. La cuestión era que despúes de cuatro horas de persecución detectivesca, y de cinco euros y un paquete de cacahuetes que me cobró Pere por la información, tenía la esperanza de que bajase del coche el mismísimo Duque de Lugo, con una confesión escrita detallada de como mató a Lucinda, a Kennedy y de como escondió a la opinión pública el monstruo del Lago Ness durante todo un siglo. Ser detective es frustrante. Ser oficinista y jugar a ser detective patético.

En lugar del Duque de Lugo, a quién después de tantas elucubraciones mentales realmente me esperaba encontrar allí, bajó un pequeño hombre calvo de unos sesenta años, acompañado de una llamativa venteañera morena. En verdad la mujer eclipsaba al diminuto hombre. A grosso modo y con bastas mediciones, llegué a la conclusión de que el hombre medía en torno al metro cincuenta, tacón arriba, tacón abajo. Su acompañante, con un vestido rojo brillante, le sacaba una cabeza y medio pecho, con lo cual, y deduciendo que tallaba una noventa y cinco copa D, estimé que medía unos bien llevados ciento ochenta y cuatro centímetros, talla arriba, talla abajo. Siempre se me dieron bien las medidas, excepto aquella vez en aquel puticlub. Ella bajó contoneándose, él casi arastrando sus rodillas por la roída alfombra roja, que hacía años que había perdido su glamour, si es que en algún momento lo tuvo. Y fugazmente, como habían venido, se perdieron por el hall del hotel.

Disculpe el lector, acostumbrado a largas descripciones de los nuevos personajes que surgen en las historias, que dé tan pocos datos descriptivos de de la extraña pareja que bajó del coche. Pero por mi naturaleza masculina, y mi desafortunada capacidad de no mantener relaciones sexuales durante periodos estacionales completos, no pude contener mi mirada y simplemente me comía a la morenaza con los ojos. Ser detective es frustrante. Ser un oficinista casto y jugar a ser detective es patético, y sufrido. Del señor bajito podría describir su calva que, sinceramete, era el rasgo más sobresaliente de su físico, si descontamos su pequeño tallaje. A la diosa morena de pelo largo le hice un seguimiento más exhaustivo en su paseo por la alfombra roja. Mis encuentros sexuales actualmente siguen teniendo la misma frecuencia, por lo tanto, agradezco al lector que me disculpe si omito una descripción más detallada de aquella mujer.

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